{...}
Me encontraba en medio de una cegadora luz. Descartaba la posibilidad de que hubiese algo a mi alrededor aunque esa idea no me interesaba en lo absoluto. Mis pensamientos se mantenían encerrados y en ese momento el concepto de liberarlos no era más que un sueño loco y sin sentido. Quise contar los segundos que pasaban para distraerme, pero el tiempo parecía no existir aquí dentro. Estaba perdida y sola, sin embargo más tranquila que nunca. El silencio... eso era lo que más me gustaba.
¿Qué más podía necesitar? Absolutamente nada.
O eso creí al principio...
Cerré mis ojos, pero no noté la menor diferencia. Respiré profundamente, aunque no sentía la necesidad de hacerlo. De repente algo cambió; no en las cercanías, era más bien un cambio interno. Sin embargo no podía determinar qué era. El temor a lo desconocido comenzaba a apoderarse de mi mente. Ya no era capaz de pensar claramente y me sentía mareada. El piso que venía sosteniéndome desaparecía lentamente y mi cuerpo se desplomaba casi inconsciente. Me sentía liberada por primera vez. El caer hacía que esos pensamientos que siempre se habían mantenido encerrados en mi mente pudiera fluir hacia afuera. La adrenalina recorría mis venas y encontraba en el temor un extraño placer que no había sentido jamás.
La caída era cada vez más rápida. Ya no podía sentir mis brazos, estos parecían no estar más unidos a mi cuerpo. Mis piernas, tampoco respondían. Sólo era consiente de la descarga de emociones, nada más que eso.
En ese momento comprendí qué era lo que estaba cambiando. Mi mente, la única parte de mi cuerpo que aún respondía, era la responsable de todo esto. La luz con la que había vivido tanto tiempo no era más que una distracción de todo lo que sucedía afuera. Ese resplandor era mi inocencia y por primera vez en mi vida era consiente de ello.
Allí fue cuando sentí el primer golpe. El más impactante a decir verdad. Me había estrellado contra algo y por un segundo tuve la falsa idea de que sería la única vez. Otra vez lo mismo. Igual de doloroso, pero no tan atemorizante. Una vez más. Ya casi no lo sentía, me estaba acostumbrando. Me acostumbraba a sentir mi cuerpo haciéndose añicos y no hacía nada para detenerlo. No lo disfrutaba, pero me sentía impotente y me parecía irreal la idea de que pudiera hacer algo al respecto cuando apenas tenía control sobre mi propio cuerpo.
Entonces comencé a llenarme de moretones. Me deformaba ante mis ojos y simplemente dejaba que sucediera. ¿Por qué no hacía nada al respecto? Ni siquiera era capaz de gritar, no podía expresar lo que sentía. Las lágrimas resbalaban por mis mejillas y escocían mi piel. No sería capaz de aguantar mucho más. Comencé a sangrar y mi cuerpo se fue tiñendo de rojo. Era desagradable. El blanco vacío que me rodeaba empezaba a verse manchado con mi propia sangre. ¿Era yo misma quién provocaba esto? No se me ocurría quién más podía ser el responsable.
Pensé en como salir de esta situación. Lo analicé una y otra vez pero antes de que pudiera llegar a algo concreto un gran estruendo rompió con el silencio que hace tanto tiempo habitaba en este lugar. Allí fue cuando comprendí lo que realmente estaba pasando. Mi cuerpo se estaba... dividiendo. El sonido seguía retumbando en mi mente y estaba a punto de perder la cordura. Cerré los ojos una vez más con la esperanza de que eso acabara con mi sufrimiento.
Empecé a contar, una manía que tenía cuando estaba nerviosa.
Uno, pude sentir mis dedos otra vez.
Dos, noté que ya no me estaba golpeando.
Tres, respiré profundamente.
Cuatro, el eco del sonido fue desapareciendo.
Cinco, mi mente se fue aclarando.
Seis, el dolor se iba desvaneciendo.
Siete, mi corazón retomó su ritmo normal.
Ocho, el olor a hierro dejaba de notarse.
Nueve, la paz volvía a habitar mi cuerpo.
Diez, ya... ya no estaba sola.
Abrí mis ojos y pude ver que por primera vez en mi vida no era la única. Había alguien más y todavía no podía decidir si eso era algo bueno o malo. El vacío en el que había vivido todo este tiempo estaba ahora ocupado por otra persona. Entonces noté que mis heridas habían sanado, al menos temporalmente. Los moretones y la sangre habían desaparecido y la luz me rodeaba como siempre. Pero la situación para mi nueva acompañante era completamente distinta.
Un nuevo concepto entraba en mi mundo. La oscuridad. Era intrigante pero el temor que sentía me impedía acercarme. Ella sólo me contemplaba en silencio, así que decidí hacer lo mismo. Su cuerpo, magullado y estropeado sangraba en cada herida. Me atormentaba la idea de seguir mirándola, pero no era capaz de quitar mis ojos de ella.
-B... Bienvenida. - fue lo único que pude balbucear.
No era capaz de soportar esta situación, pero no había mucho que pudiera hacer al respecto. ¿O sí? Sus ojos a pesar de ser claros parecían carentes de vida. Ella no me observaba, me estaba analizando. En un impulso extendí mi mano y ella sólo se limitó a negar con la cabeza. Luego, soltó una carcajada histérica y dio un par de pasos hacia atrás. El terror que sentía en ese momento no era comparable con nada que hubiera sentido jamás, pero al mismo tiempo me tranquilizaba el hecho de no estar sola. Su compañía, por inquietante que fuera, era lo mejor que me había sucedido en años.
En un nuevo intento por relacionarme con mi acompañante, seguí mis impulsos una vez más -Mi nombre es...
-Guadalupe
-¿Cómo... cómo es posible que lo sepas?- exclamé aterrorizada. Me dedicó una media sonrisa y permaneció en silencio. Suspiró y mantuvo sus ojos clavados en los míos.
-Tendrías que saberlo.- dijo en un susurro.
-¿Tendría que saber qué?- exclamé con los nervios a flor de piel.
-Que somos la misma persona.
Pensé en como salir de esta situación. Lo analicé una y otra vez pero antes de que pudiera llegar a algo concreto un gran estruendo rompió con el silencio que hace tanto tiempo habitaba en este lugar. Allí fue cuando comprendí lo que realmente estaba pasando. Mi cuerpo se estaba... dividiendo. El sonido seguía retumbando en mi mente y estaba a punto de perder la cordura. Cerré los ojos una vez más con la esperanza de que eso acabara con mi sufrimiento.
Empecé a contar, una manía que tenía cuando estaba nerviosa.
Uno, pude sentir mis dedos otra vez.
Dos, noté que ya no me estaba golpeando.
Tres, respiré profundamente.
Cuatro, el eco del sonido fue desapareciendo.
Cinco, mi mente se fue aclarando.
Seis, el dolor se iba desvaneciendo.
Siete, mi corazón retomó su ritmo normal.
Ocho, el olor a hierro dejaba de notarse.
Nueve, la paz volvía a habitar mi cuerpo.
Diez, ya... ya no estaba sola.
Abrí mis ojos y pude ver que por primera vez en mi vida no era la única. Había alguien más y todavía no podía decidir si eso era algo bueno o malo. El vacío en el que había vivido todo este tiempo estaba ahora ocupado por otra persona. Entonces noté que mis heridas habían sanado, al menos temporalmente. Los moretones y la sangre habían desaparecido y la luz me rodeaba como siempre. Pero la situación para mi nueva acompañante era completamente distinta.
Un nuevo concepto entraba en mi mundo. La oscuridad. Era intrigante pero el temor que sentía me impedía acercarme. Ella sólo me contemplaba en silencio, así que decidí hacer lo mismo. Su cuerpo, magullado y estropeado sangraba en cada herida. Me atormentaba la idea de seguir mirándola, pero no era capaz de quitar mis ojos de ella.
-B... Bienvenida. - fue lo único que pude balbucear.
No era capaz de soportar esta situación, pero no había mucho que pudiera hacer al respecto. ¿O sí? Sus ojos a pesar de ser claros parecían carentes de vida. Ella no me observaba, me estaba analizando. En un impulso extendí mi mano y ella sólo se limitó a negar con la cabeza. Luego, soltó una carcajada histérica y dio un par de pasos hacia atrás. El terror que sentía en ese momento no era comparable con nada que hubiera sentido jamás, pero al mismo tiempo me tranquilizaba el hecho de no estar sola. Su compañía, por inquietante que fuera, era lo mejor que me había sucedido en años.
En un nuevo intento por relacionarme con mi acompañante, seguí mis impulsos una vez más -Mi nombre es...
-Guadalupe
-¿Cómo... cómo es posible que lo sepas?- exclamé aterrorizada. Me dedicó una media sonrisa y permaneció en silencio. Suspiró y mantuvo sus ojos clavados en los míos.
-Tendrías que saberlo.- dijo en un susurro.
-¿Tendría que saber qué?- exclamé con los nervios a flor de piel.
-Que somos la misma persona.
{...}

Es increíble como escribís. Me atrapan todos tus relatos. Buenísimo! Te sigo y si querés podemos ponernos en contacto :)
ResponderEliminarLa ilusión que me hace que leas mi blog, ni te la imaginás! Antes seguía tu blog con mi cuenta anterior (y si tengo que ser sincera, te tenía como modelo a seguir en blogger...) y ahora que tengo la cuenta nueva, tu blog fue el primero que puse para seguir jajaja. Gracias por leerlo y me alegro muchísimo que te guste!
EliminarSaludos,♥