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Suspiré pesadamente. Llevábamos ya más de quince minutos en la rama de aquel árbol y la muy insolente no se dignaba a decir nada. Seguía temblando, a mi lado, como si eso fuera a mejorar la situación. No me interesaba hacerla sentir mejor, es más, podría atreverme a decir que estaba encantada con el silencio que -por primera vez- nos rodeaba, pero sabía que si no decía algo aquella ingrata perdería la cordura.
-Es un demonio, cariño. Sabe exactamente lo que hace.- dije adquiriendo un tono un tanto manipulador. La observé detenidamente y le corrí un mechón de cabello que tapaba su rostro.
-N... No tienes derecho- Balbuceó torpemente y apartó su rostro de manera brusca.
-No lo dejaría morir.- dije con franqueza. Dirigí mi mirada hacia el cielo y cerré los ojos.
-Lo dices como si realmente te importara.- Sentenció con desprecio. Esto ya era irritante.
-Aha...- contesté sin mucho entusiasmo. Acto seguido me paré sobre la rama que nos sostenía y escalé hasta la cima, para un mejor panorama. Las estrellas no hacían presencia, probablemente por la imponente luna llena que acaparaba toda la atención. El fresco viento, de un buen inicio otoñal, le daban a este lugar cierta calidez que me resultaba bastante confortable. Las sombras bailaban en la noche y susurraban historias que se habían perdido en el tiempo. Era cuestión de sentarse y escuchar.
Las voces eran cada vez más notorias. Algo estaba pasando. Dirigí mi mirada hacia mi compañera, y noté que seguía distraída en sus propios pensamientos. Unas sonoras carcajadas se escucharon desde las lejanías. De un salto regresé a su lado sacándola bruscamente de su mundo.
-¿Pero se puede saber que te pasa?- me dijo como queja. Ni siquiera me gasté en contestarle, tampoco es que hubiera demasiado que ella pudiera hacer.
Unos cuantos mortales se acercaban colina abajo, riendo y bebiendo, disfrutando de la noche que prometía. Las sombras, compadeciéndose de su futuro, susurraban oraciones y plegarias. Pero en una noche como esta, lo que estaba por suceder era inevitable. Guada mantenía su mirada perdida en el grupo, pero por su tranquilidad era claro que no estaba consiente de la situación.
Ellos encendieron una gran fogata y se sentaron a su al rededor para quejarse de lo dura y complicada que era su vida y ahogar sus penas en más alcohol como si eso fuera a cambiar algo. JA. No había salvación, ni para ellos ni para nadie.
Para cuando ya estaban a punto de desmayarse, de entre las sombras se acercó una muchacha. Con los pies descalzos y un vestido un tanto corto. Sin decir ni una palabra hizo un gesto de invitación hacia el bosque. De allí mismo salieron cuatro mujeres más, cada una más bella que la anterior, e igualmente peligrosa. La sangre demoníaca podía olerse a distancia.
-¿Quienes son ellas? -me dijo seria. Al fin estaba cayendo en la cuenta.
-Lo sabes perfectamente.- Sentencié complacida ante su expresión de horror.
-N...No.- Balbuceó indecisa. No quería aceptarlo, pero su mente estaba tan podrida como la mía. Que estuviésemos juntas no era casualidad. Otra vez ese temblequeo insoportable.
-A menos que quieras llamar la atención, te recomendaría que te tranquilizaras.- Era tan irritante ser acompañada por un ser tan insulso y débil. - Madura, cariño.
Los hombres habían dejado de beber, pues se encontraban ahora embelesados por la belleza de sus tentadoras acompañantes. Ellas habían elegido el momento justo para hacer su aparición, pues la mayor parte de ellos apenas eran conscientes de lo que sucedía a su al rededor.
Humanos, gozan de la mortalidad que nunca se nos ha sido permitida y la desperdician.
Una de ellas, la líder a mi parecer, se sentó junto a uno de los mortales. Cuando el hombre bajó la guardia, intentando besarla, ella se lanzó sobre él rasguñando su cuerpo y desgarrando su cuello. La sangre se derramaba por todo el lugar y aquella demoníaca mujer solo lanzaba risas histéricas, complacida por su obra. El alma de aquel mortal se iba perdiendo en la noche, y se sumaba a las multitudes de sombras que observaban apenadas. Había desperdiciado su preciada mortalidad, convirtiéndose en otra sombra atada a este miserable mundo.
Así, uno a uno fueron asesinando a aquellos débiles y patéticos hombres. A mi parecer, esta masacre era el castigo perfecto para aquellos que no merecían conservar la vida.
-Increíble. Ahora resulta que sí hay seres más despreciables que tú!- Me lanzó en modo de ofensa. Era tan ingenua.
-No creo que sean despreciables, cariño.- le dije tranquila.
-Y eso es porque estás tan enferma y retorcida como ellas.- me dijo con asco y desaprobación.- Ni tu, ni ellas, ni nadie tiene derecho a decidir sobre la vida de otros.
-Ellos se lo buscaron, Guada. Aquellos demonios que se llevan sus almas, a pesar de la falta de gracia y originalidad, solo están siendo justos. Les entregan lo que merecen, nada más que eso. Alguien debe hacerlo ¿Por qué se te hace tan difícil verlo?-
-No creo que sean despreciables, cariño.- le dije tranquila.
-Y eso es porque estás tan enferma y retorcida como ellas.- me dijo con asco y desaprobación.- Ni tu, ni ellas, ni nadie tiene derecho a decidir sobre la vida de otros.
-Ellos se lo buscaron, Guada. Aquellos demonios que se llevan sus almas, a pesar de la falta de gracia y originalidad, solo están siendo justos. Les entregan lo que merecen, nada más que eso. Alguien debe hacerlo ¿Por qué se te hace tan difícil verlo?-
-¿Justicia? ¿Eso te parece justicia? Me dan asco y tu no eres la excepción.-
-Deberías entenderlo, eres como nosotros.- le dije con una sonrisa complacida.
-¿Como ustedes? Yo jamás seré como ustedes.- repitió con asco.
-Deberías entenderlo, eres como nosotros.- le dije con una sonrisa complacida.
-¿Como ustedes? Yo jamás seré como ustedes.- repitió con asco.
-No puedes luchar con tus raíces.- dije riendo.
-Pero puedo intentarlo.

Gracias por la visita, (:
ResponderEliminarAhora me paso por tu blog para chusmear un poquito...
Besos, y gracias de nuevo♥