viernes, 30 de agosto de 2013

Cuando yo era una curva, ella era una recta. Sus ojos eran tan verdes y cargados de historias, tristezas, frustraciones y decepciones, mientras que los míos eran demasiado celestes y tan vacíos como mis deseos. Su cabello era metódicamente corto y el mío desprolijamente largo. Sus expresiones y gestos, gráciles y delicados pero marcados con fuerza y precisión autoimpuesta. Los míos se reproducían bruscamente y con una completa falta de gracia. Sus tonos autoritarios y responsables se contrastaban con mis respuestas sumisas y poco calculadas. Ella me miraba sin mirarme a mí realmente mientras que yo cerraba los ojos pero su imagen era todo lo que tenía en mente. Mientras que yo brillaba en las noches, ella se oscurecía en las mañanas. El olor del mar me traía cálidos recuerdos y a ella... el agua le aterraba.

Sin embargo, de a momentos nos olvidábamos (o intentabamos olvidar) las obviedades y comenzábamos el autodestructivo juego del espejo que consistía en copiar los movimientos del otro en un baile sin sentido que nos hacía descender, poco a poco, en un pozo de desesperación al intentar comprender la razón de nuestras diferencias.
Al poco tiempo, una risa falsa hacía acto de presencia y nos daba el cíclico aviso de que este juego sin premios tenía fallas y nos ponía a temblar ante la premonición de las prontamente rotas bases de la frágil estructura de aquello que construimos sin querer.

Un tropiezo y las diferencias se escapaban de aquella zona prohibida en donde las habíamos encerrado a consciencia. Cuando quisimos darnos cuenta el falso espejo se ve roto en mil pedazos y los oscuros demonios se arrastran fuera del mismo reclamando los cuerpos que alguna vez fueron suyos.

El suelo se rompe y caemos, tan profundo que se nos olvida que algún día estuvimos de pie. Todo se convierte en una guerra por tierra firme, olvidando las raíces de ese enemigo tan cercano, nacido de una amistad sin futuro.
Los magullados y casi decrépitos cuerpos de estas dos combatientes se ven castigados por una guerra que no les pertenece y que es producto de la resignada amargura de dos personas que, sin importar cómo, dónde ni cuando:

Nunca lograron entenderse.

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