Sin embargo, de a momentos nos olvidábamos (o intentabamos olvidar) las obviedades y comenzábamos el autodestructivo juego del espejo que consistía en copiar los movimientos del otro en un baile sin sentido que nos hacía descender, poco a poco, en un pozo de desesperación al intentar comprender la razón de nuestras diferencias.
Al poco tiempo, una risa falsa hacía acto de presencia y nos daba el cíclico aviso de que este juego sin premios tenía fallas y nos ponía a temblar ante la premonición de las prontamente rotas bases de la frágil estructura de aquello que construimos sin querer.
Un tropiezo y las diferencias se escapaban de aquella zona prohibida en donde las habíamos encerrado a consciencia. Cuando quisimos darnos cuenta el falso espejo se ve roto en mil pedazos y los oscuros demonios se arrastran fuera del mismo reclamando los cuerpos que alguna vez fueron suyos.
El suelo se rompe y caemos, tan profundo que se nos olvida que algún día estuvimos de pie. Todo se convierte en una guerra por tierra firme, olvidando las raíces de ese enemigo tan cercano, nacido de una amistad sin futuro.
Los magullados y casi decrépitos cuerpos de estas dos combatientes se ven castigados por una guerra que no les pertenece y que es producto de la resignada amargura de dos personas que, sin importar cómo, dónde ni cuando:
Nunca lograron entenderse.
No hay comentarios:
Publicar un comentario